¿Soy realmente una persona triste?
Un comentario de la preciosa Arien en mi anterior entrada me ha hecho pensar y plantearme esta pregunta.
Es posible que la respuesta sea un sí rotundo. Si yo fuese una persona deprimente, cuya compañía contribuye a entristecer el ambiente por doquiera que pasase, eso explicaría muchas cosas acerca de actuales problemas sociales que arrastro. Pero si esa respuesta fuese la correcta, eso querría decir que mis amigos son personas con un aguante escepcional, porque ya tendría mérito soportarme.
Claro que, evidentemente, tampoco soy lo contrario. Mi alegría no desborda ni provoca sonrisas hasta en el más triste de todos mis contertulios en las cenas. Tampoco lo busco.
No... lo que sí soy es una persona silenciosa. Me gusta el silencio. Hablar por hablar no me gusta y prefiero quedarme en silencio y disfrutar de mi compañía en ese momento si no hay nada de lo que hablar. Puedo estar escuchando durante horas y horas si me interesa lo que me están diciendo, como hacía ayer mientras Tindriel me hacía una insteresantísima disertación sobre la historia del periodismo y sobre el siglo de oro español.
Le doy muchas vueltas a las cosas, sí, porque considero que es la única manera de obtener cierto conocimiento sobre lo que me rodea. Y conocer lo que me rodea y verme inmerso en ello es la mejor manera de conocerme a mí mismo. Es una de las razones por las que me gusta tanto el rol: me da ocasión de verme en situaciones en las que nunca me vería y llevando pieles diferentes. Pero eso provoca que sea capaz de ver ambas partes con más claridad que mucha gente, y que en una discusión yo esté en el medio de un huracán de opiniones volando en uno y otro sentido. Así que mejor me quedo calladito, que estoy más formal. Si mis amigos desean un resumen de lo dicho y un listado de lo bueno y lo malo de cada bando, entonces ya veremos.
Unamos al hecho de que soy silencioso por naturaleza el hecho de que suelo tender a la introspección y tendremos la receta ideal para una persona aburrida. Seguramente yo lo sea. Tengo bastantes vivencias a mis espaldas pero carezco de la habilidad para comunicarlas de una manera interesante, de la manera en que merecen ser comunicadas, así que mejor me quedo calladito que estoy más guapo. Si alguien muestra interés por ellas, entonces ya veremos.
Puedo gritar mucho. Tengo capacidad para levantar la voz y para hacerme escuchar; pero nunca la uso porque considero que quien levanta su voz sobre la de los demás es alguien que debe ser más sabio que los demás. Y yo, como no lo soy, prefiero quedarme calladito, que estoy más mono. Si me preguntan mi opinión, entonces ya veremos.
Carezco de la capacidad para articular los pensamientos en frases con rapidez. Mi mente es notablemente rápida, pero la conexión con mi lengua es el equivalente a un modem de 9600 bps en estos tiempos del cable y del ADSL. Necesito gastar una gran cantidad de energía y poner muchísima atención si quiero hacer un discurso. Por eso me gusta tanto el blog: me da tiempo para ordenar mis pensamientos y no le importa cuánto tarde; me escucha imperturbable y luego asiente con una sonrisa. Y como muchas veces necesito hacer un discurso para comunicar mi opinión de una manera clara y concisa, me quedo calladito, que estoy más rico. Si me dan tiempo para que exponga mis ideas, entonces ya veremos.
Como sólo en contadas ocasiones y sólo con ciertas personas he tenido la oportunidad de expresarme de la manera en que deseo hacerlo, he llegado a la conclusión de que al mundo en general no le importan mis opiniones y lo que pueda pensar. No hay razones para que me esfuerce. Mi verdad es tan válida como cualquier otra y somos miles de millones de personas.
No, no hay razones para que hable. Si me preguntan, entonces... ya veremos.
jueves, febrero 10, 2005
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario